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América Latina pierde atractivo para los inversionistas entre los mercados emergentes


Diario Expansión – Madrid

América Latina ha perdido atractivo en los últimos años para los inversores extranjeros. Según los datos que recoge el Indice Global de Oportunidades de inversión 2021 que ha elaborado el think tank estadounidense Milken Institute, entre 2010 y 2014 la región acaparaba el 28% de toda la inversión global que tenía como destino a las economías emergentes. En los cinco años posteriores, ese porcentaje se redujo seis puntos, hasta el 22%. Asia (con el 24% de las inversiones totales) y, muy especialmente China (con el 30%) se han aprovechado del espacio que ha dejado libre Latinoamérica.

El informe, que el organismo elabora todos los años teniendo en cuenta variables relacionadas con la percepción de los inversores, la confianza en las instituciones o la facilidad y la seguridad a la hora de hacer negocios en cada país, destaca dos razones que explican el hecho de que la región se haya quedado rezagada en relación a otras regiones emergentes. La primera tiene que ver con el empeoramiento generalizado de la percepción de los inversores en relación a la facilidad para hacer negocios en la región. La segunda, con el incremento de la inestabilidad política en diversos países, lo que reduce la confianza de los inversores en las instituciones locales.

“No existe una receta sencilla para atraer y retener a los inversores (…) pero la mayoría de las economías latinoamericanas saldrían beneficiadas si tomaran medidas concretas para reforzar su legislación con mayores garantías y perseguir la corrupción que limita la confianza en las instituciones”, asegura el informe.

A pesar de que la radiografía de la región en su conjunto no es positiva, hay varios países que destacan en el índice por su atractivo y fiabilidad: son Chile, Uruguay y Costa Rica. La clasificación la cierra Venezuela. De entre estas tres economías, sólo Chile figura entre los países de la región que mayor volumen de inversión extranjera reciben. Uruguay y Costa Rica cuentan con sistemas económicos y políticos estables y confiables, pero sus economías son relativamente pequeñas teniendo en cuenta las dimensiones de gigantes como Brasil, México, Argentina o Colombia, que son los países favoritos de la región para los inversores globales.

En este grupo de ‘grandes’, Chile es el país con mejores puntuaciones en todas las categorías que estudia el índice: percepción del clima de negocios, fundamentos macroeconómicos, servicios financieros, marco institucional y cumplimiento de los estándares internacionales. México también se encuentra bien situado -aunque falla en el área de servicios financieros-, mientras que Brasil y Argentina reflejan la lucha en pro de la estabilidad macroeconómica que ha caracterizado tradicionalmente a la región. “En general, Chile y México ejemplifican el modelo de desempeño que otras grandes economías de la zona deberían seguir para alcanzar una media aceptable en todas sus competencias”, explica el informe.

Panorama heterogéneoLos expertos de Milken Institute destacan que las grandes diferencias que hay entre los distintos países (en recursos naturales, demografía y desarrollo económico e institucional, sin ir más lejos) explica también la heterogeneidad de la inversión extranjera en la región. Las características únicas de cada país dibujan oportunidades y retos diferentes para los inversores extranjeros y explican, también, la distribución desigual del capital.

En términos absolutos, Brasil y México acaparan la mayoría de las inversiones extranjeras. Entre 2010 y 2014 sumaron juntos el 65% del total en América Latina; entre 2015 y 2019, ese porcentaje se redujo hasta el 53%.

Las cifras de la última década muestran también que la inversión ha sido especialmente volátil en dos países clave, Brasil y Argentina. El informe explica que esa volatilidad se explica al menos parcialmente por los restos económicos que han tenido que afrontar los dos países en los últimos años.

Por ejemplo, la crisis de deuda de Argentina de 2014 y la crisis económica en la que cayó el país en 2018 o la severa recesión que sufrió Brasil en 2014 a causa de la brusca caída del precio de las materias primas y de la crisis política que derivó del escándalo de corrupción que salpicó al Gobierno del país.

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