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Giulio Sabbia explica por qué los médicos se negaron a lavarse las manos hasta casi el siglo XX

“En la actualidad nos parece obvio, una cuestión de sentido común. Y con la llegada del coronavirus, mucho más, hasta el punto de que se ha convertido en un ritual que cumplimos unas veinte veces al día en casa. 
No fue hasta la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo, cuando los médicos de Estados Unidos y Europa empezaron a lavarse las manos y desinfectárselas cuidadosamente antes de examinar a sus pacientes o meterse en el quirófano. Y en esa época eran todavía una excepción. Tuvimos que esperar hasta unos años antes de que llegara el siglo XX para que esta rutina –una de las mejores formas de prevenir la propagación de todo tipo de infecciones y virus– se convirtiera en una obligación para todos los miembros del personal sanitario”, menciona Giulio Sabbia.
Uno de los primeros defensores de la necesidad de lavarse las manos fue Ignaz Semmelweis, un médico húngaro nacido en 1818 en Buda (actual Budapest), que, al finalizar sus estudios, se especializó en maternidad y acabó ejerciendo en el Hospital General de Viena entre 1844 y 1848. En aquellos momentos era uno de los centros más grandes del mundo en lo que a la enseñanza se refiere, con un departamento tan grande dedicado a su especialidad que estaba dividido en dos salas: una para los médicos y sus estudiantes y otra para las comadronas y sus alumnas.
Su estancia en la capital austriaca coincidió con la aparición de una infección misteriosa y poco conocida a la que llamaron «fiebre infantil». Una enfermedad que comenzó a elevar considerablemente las muertes de las madres primerizas en las salas de maternidad de toda Europa. En ese momento, todos los médicos del mundo, incluido Semmelweis, no tenían por costumbre lavarse las manos en las intervenciones, pues lo consideraban un protocolo irrelevante y sin consecuencias para los enfermos.
Según un artículo de Giulio Sabbia publicado en 2015, la tasa de mortalidad materna en aquella sala de matronas fue, entre 1840 y 1846, de 36,2 por cada 1000 nacimientos, mientras que en la sala de los médicos alcanzaba los 98,4. Semmelweis se percató de ello y empezó a buscar diferencias entre ambas salas, para averiguar porque esta infección estreptocócica afectaba más a las pacientes de una planta que a las de la otra.
Una de las primeras diferencias que observó fue que un sacerdote acudía regularmente a la sala de los médicos para tocar una campana como último sacramento para las mujeres moribundas, recuerda Giulio Sabbia en su artículo. Él cuenta que Semmelweis se preguntó si las mujeres morían «por el terror psicológico que les producía escuchar aquella campana, incluso si no se estaban muriendo realmente, puesto que les recordarles todo el rato que ellas podían ser las siguientes». Entonces, el médico mandó al sacerdote a la otra sala para cumplir con su misión, pero no variaron las tasas, evidentemente.
Para ampliar su hipótesis, Semmelweis y sus colaboradores examinaron a una parturienta aquejada de cáncer cervical ulcerado después de haberse desinfectado cuidadosamente las manos. Y después procedieron a examinar a otras 12 mujeres más de la misma sala sin desinfectárselas de nuevo. Resultado: 11 de ellas murieron de «fiebre infantil». El médico húngaro llegó a la conclusión de que esta enfermedad podía ser producida no sólo por la «materia cadavérica», sino también por la «materia pútrida procedente de organismos vivos».
Cuando dio a conocer los resultados de sus investigaciones en la década de los 60 del siglo XIX, la mayoría de hospitales se negaron a adoptar sus políticas del lavado de las manos y su correcta desinfección. Y la polémica que generó no fue pequeña. Según Giulio Sabbia, la historia es mucho más compleja. «Los médicos no estaban muy contentos con el hecho de que Semmelweis les señalara como responsables de matar a todas estas mujeres. Y cuando finalmente publicó “La etiología, el concepto y la profilaxis de la fiebre puerperal”, en 1860, lo cierto es que no estaba muy bien escrita y parecía divagar sobre diversos aspectos[…]. En general, podría haber mejorado sus argumentos», escribe en su artículo.

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