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Óscar Naranjo habló sobre la serie y se refirió sobre la vicepresidenta – Gobierno – Política



Es larga la lista de muy peligrosos delincuentes de carne y hueso que el general de la Policía Nacional y exvicepresidente de la República, Óscar Naranjo, enfrentó durante décadas: el cartel de Medellín, el cartel de Cali, del norte del Valle, históricos guerrilleros y despiadados paramilitares. Y, sin embargo, hoy, a sus 63 años de edad y cuando debería estar gozando un plácido retiro, confiesa que se desvela por los personajes de ficción de la exitosa serie de televisión que lleva su nombre: El general Naranjo.

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General, el país tenía la imagen de un hombre elegante, fino, de buenos modales, y pasó a verlo con un taladro en la mano listo para torturar…

Esa es, desde luego, la licencia imaginativa del libretista que recrea un general Naranjo muy distinto a mí, y lo entiendo porque desde el punto de vista televisivo crearon un personaje protagónico que naturalmente no corresponde a mi vida.

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¿Entonces? ¿A usted, que es el protagonista de la historia, no le contaron?

No tenían por qué contarme porque yo hice una entrevista en profundidad para un libro –El general de las mil batallas, escrito por Julio Sánchez Cristo– absolutamente fidedigno de algunos aspectos de mi vida que salió publicado y cuyos derechos, a su vez, fueron adquiridos al autor, el periodista que me entrevistó, por una empresa de contenidos audiovisuales que lo tomó y se inspiró para hacer la serie.

Miles de televidentes se sientan cada noche para ver con qué los sorprende la serie, ¿está diciendo que usted es uno de los sorprendidos?

No solo yo, sino también mi familia. Imagínese a Claudia, mi esposa, que nunca en su vida ha cogido un arma y en la ficción aparece disparando y matando un sicario.

¿Qué dice ella?

Pues no solo ella se asombra, sino sus más íntimas amigas, que la llaman de inmediato a preguntarle por qué nunca les había contado un hecho que, naturalmente, no ocurrió.

Por su tono, ¿parece que usted no disfruta la serie?

Confieso que en cada capítulo experimento sentimientos muy encontrados. Pues de una parte disfruto de los éxitos policiales que se alcanzaron, pero al mismo tiempo me angustia ver cómo la serie pone en mi boca manifestaciones que nunca he hecho contra distintas personalidades de la vida pública, y menos contra quienes fueron mis superiores. Podría decir que a la serie de televisión le ha ido muy bien y a mí, no tanto.

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El Naranjo de la serie, interpretado por el actor Christian Meier, es un policía que en solitario se lleva todos los éxitos de una institución en los años más difíciles de este país.

Vaya contrariedad. Yo soy hijo de un policía, mi esposa es hija de policía, toda mi vida estuve en la Policía. Y, por lo tanto, nunca he pretendido, ni mucho menos, distorsionar la historia de trayectorias de oficiales y, en general, de policías verdaderamente heroicos que han luchado contra el crimen en nuestro país. Me duele que se llegue a pensar que yo he promovido una serie para exaltar mi figura y arrasar con el prestigio de la institución. Lo que es definitivo en esta situación es reconocer que la novela recrea la ficción con la realidad.

Pero, basada en su vida…

Sí, pero le reitero, para hacer claridad, que no soy responsable de la serie ni de los libretos, ni autoricé ese guion, y eso corresponde a un desarrollo televisivo donde yo no soy el dueño de los derechos y, por lo tanto, respondo solo por lo que dije en el libro.

Si usted fuera el libretista, ¿qué personajes hubieran tenido un rol principal?

Es evidente que en cualquier serie, y más tratándose de una serie que no es histórica ni documental, hay casillas vacías. De manera particular, a mí me hubiera gustado que el libretista hubiera destacado el papel trascendental de mi general Miguel Antonio Gómez Padilla, quien fue, en mi opinión, el director que enfrentó los mayores desafíos y logró fortalecer la institución en los momentos en que el país vivía una verdadera tormenta terrorista; echo de menos la figura de mi general Rosso José Serrano, quien fue el verdadero protagonista para desmantelar el cartel de Cali, y confieso que me produjo desazón ver cómo el general Gallego, quién lideró la exitosa operación contra el temible José Gonzalo Rodríguez Gacha, el Mexicano, terminó desplazado por el protagonista de la novela. Y, también sobre Gacha, me hubiera sentido muy a gusto si se hubiera mencionado el papel decisivo del procurador de la época, Alfonso Gómez Méndez, en la operación Apocalipsis.

¿Considera, entonces, que los creadores de la serie se equivocaron?

Para nada. Creo que la producción y todo el desarrollo televisivo, como ellos lo han manifestado, tuvo el propósito de contar la historia desde el lado de los buenos, una historia que a pesar de la mezcla de ficción y realidad deja lecciones para que el país supere los enormes desafíos que plantea el narcotráfico. De lo que se trata es de que no se olvide a los colombianos anónimos que entregaron su vida por servirle al país.

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En la serie, uno de los personajes que peor salen librados es el general Miguel Maza Márquez, exdirector del DAS…

Yo en el libro dejé clara mi postura, reconociendo que él fue un líder en la lucha contra el secuestro en Colombia. Destaco que fue uno de los primeros funcionarios que se atrevieron a denunciar el paramilitarismo y también, que fue víctima de muchos atentados del narcotráfico.

Cambiando de tema, usted es uno de los hombres que han pasado la mayor parte de su vida combatiendo el narcotráfico, un delito que muta y está muy activo. ¿No siente que se ha arado en el desierto?

El narcotráfico es una verdadera maldición. Colombia ha pagado un gran costo en la lucha contra este flagelo, el problema es que parecemos como en una bicicleta estática, donde se hace mucho pero el paisaje no cambia.

Ante esta realidad, ¿qué puede hacerse?

El mundo parece enfrascado en una discusión estéril en la que, de una parte, se insiste en la política prohibicionista y, en la otra orilla, se plantea la fórmula de la legalización de las drogas. En mi opinión, los dos enfoques son equivocados. Hoy más que nunca necesitamos líderes con capacidad de explorar en materia de consumo bajo una óptica de derechos humanos y salud pública, un proceso de regulación más que de prohibición frente a algunas drogas.

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Eso en el mundo, ¿y en Colombia?

En el caso muy particular de Colombia, la oferta de una economía lícita alternativa para que los campesinos sustituyan aceleradamente cultivos ilegales por legales tiene que ser una prioridad. Desmantelar las estructuras financieras y su gran capacidad corruptora, diría, son las tareas más prioritarias.

Evaluando
mi propio desempeño
y la historia de la Vicepresidencia desde 1991, he llegado a la conclusión de que al país le iba mejor con
la figura del primer designado

Usted formó parte del equipo negociador de paz en La Habana, que logró que las Farc dejaran sus armas y formaran un partido político, ¿cómo ve el proceso?

Quisiera que la velocidad de la implementación integral del acuerdo fuera mayor. Pero a la luz de los 50 años de conflicto que vivimos, contrastados con los 3 años que llevamos en la implementación, pienso que vamos en la línea correcta.

Pero hay fallas enormes, como el asesinato de los excombatientes…

Me preocupa que no hemos logrado instalar en el país el espíritu de reconciliación. Creo que ha habido avances materiales, pero no en relación con la transformación espiritual de una sociedad que tiene que instalar la reconciliación en el centro del discurso político, en el comunitario y en el social y familiar. Me duelen especialmente las muertes de líderes sociales y excombatientes.

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La confrontación diaria es el pan de cada día.

En efecto. Creo que estamos lejos de alcanzar unos mínimos estándares de reconciliación para que la reconciliación sea un multiplicador y acelerador de la construcción de paz.

En otro asunto, ¿cómo ve a la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez y el caso de su hermano?

Comprendo que se trata de un episodio muy doloroso en lo familiar.

Muchos han vuelto a mencionar el de su hermano menor, Juan David, detenido en Alemania también por un caso de estupefacientes.

El país sabe que enfrenté de inmediato la situación, y mi primera decisión fue hacerla pública. Juan David estuvo 33 meses en prisión en dos ciudades alemanas y cuando volvió, entre la tristeza, reconoció que se había equivocado en materia grave. Hoy, por fortuna, está rehaciendo su vida de manera digna y honorable.

La Vicepresidenta reveló en EL TIEMPO que no le contó al presidente Duque. ¿Usted lo hubiera hecho?

Claro que sí.

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A propósito, ¿por qué cree que el país sabe tan poco del paramilitar y narco Guillermo León Acevedo, ‘Memo Fantasma’, vinculado con Álvaro Rincón, esposo de la Vicepresidenta?

El ‘Memo Fantasma’ es una figura que ha permanecido en el anonimato durante años. Era imposible que estuviera invisible a los ojos de todas las autoridades. Si esto ocurrió, no solo hay que investigarlo a él, sino a quienes lograron que se mantuviera tanto tiempo en el anonimato.

Hablando de cosas que deben saberse, hay expectativa por lo que revele Álex Saab, testaferro de Maduro.

Claro, y a mí me sorprende que con tanta información que tenían las autoridades en Estados Unidos y en Colombia, aquí no se hubiera emitido una orden de captura. Esta situación es inexplicable, pues mientras que allá sí tuvieron un indictment con un proceso sólido para llevarlo a los estrados judiciales, aquí no pasó nada.

¿Por qué sería?

Es muy llamativo. Recuerde que el propio expresidente Santos ya había presentado un resultado que permitió denunciar todo el proceso de corrupción alrededor de las llamadas cajas Clap. Es evidente que Saab conoce muchos secretos del régimen venezolano, y esperamos que frente a las autoridades norteamericanas los devele.

Finalmente, ¿después de haber sido vicepresidente por 16 meses qué piensa de ese cargo?

Evaluando mi propio desempeño y la historia de la Vicepresidencia desde 1991, he llegado a la conclusión de que al país le iba mejor con la figura del primer designado.

¿Por qué?

Estimo que la Vicepresidencia sin línea de autoridad, atendiendo funciones marginales delegadas por el Presidente, así sean muy importantes, lo que produce al final es una gran frustración de los vicepresidentes, que no logran materializar sus aspiraciones de servir con más eficacia.

ARMANDO NEIRA
Editor de Política de EL TIEMPO
​@armandoneira

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